lunes, 6 de septiembre de 2021

Placebo

 En el apuro por volverse genio, pidió un deseo y la cagó

entonces maldijo sus noches en un cuaderno grande que tachaba todo el tiempo

sin animarse a hablar otra vez.

 

Tenía que rezar con los labios apretados, tratar de convencerse.

Sin embargo, cuando llueve, ni siquiera ve por la ventana

Parece estar siempre a la espera,

intentando adivinar un futuro sin bases,

incapaz de hacer

 

¿Por qué no muere?      

 

En sus sueños bate las alas, se posa en la mejor flor

y besa al aire con la boca bien abierta

intentando replicarse, romper su cuerpo, colapsar con el polen

Por ahora duerme, no tuvo fiebre el día de hoy,

tal vez mañana mejore, tal vez lo pueda llevar.

Nunca puse un título en mi vida

Fue su boca mi primer ardid, planeado sin consentimiento, el beso que nos dimos todavía me alcanza

Basta para animarme, tras el manto infame, a desatar mis picardías,

como un ladrón, como alguien perdido.

incapaz de ver las cosas como tienden a ser,

un niño con las manos sucias, la mueca de quien sólo se sabe triunfador tras bambalinas. Con las miradas golpeándolo de frente, traga toda esa historia que en algún momento intentará comérselo también

¿A quiénes vamos a mirar entonces?

 

Lo que no sale de las vísceras, lo que se calma, lo que puede esperar

de a poco se vuelve distante.

¿Cómo volver de esa vez primera

en que soñamos con matar?

¿Cómo arrancarme esos placeres

sin taparlos con un vicio nuevo?

 

Puede que los pájaros busquen las aguas, puede que dios tenga un espejo

mientras recreo un infierno perfecto,

para soñarlo y nada más.

Las facas

 Nos matamos por entibiar las piernas frías, haciendo de la carne un dos en uno; la fundición, en todas las mitologías, es el caos y el punto pleno

El resto es tiempo que pasa, que a veces se deja ver.

Te pegas un tiro a pesar de este Chopin digital que aún puede calmar las ansias,

o te vas corriendo, buscando un hospital.

Viajando en colectivo, mirabas la vida de mierda; luce ropa hipotecada y un celular

por eso corrés a comprarlo, te fundís, fue la inercia

Pero adentro te muerden los bichos

y se siente tan suave cuando muerden ahí mismo…

¿no suena estúpido,

siquiera pensar, el término “parangón”?

 

Llega la que te pide un pucho, la del rubor, la que siempre te imaginas desnuda

pero no puedes ver sus ojos,

no quiere.

Al cabo de un tiempo también será aburrido, te toca graduarlo o acabar entre rejas, tal vez muerto

o completamente solo

y ya no habrán ganas de ejercer la libertad,

o creer en estas cosas, todas ellas.

sábado, 4 de septiembre de 2021

La risa; el miedo

 

Sobre mí un ojo sátiro; una rama bajo el brazo por si acaso me rebelo y pretendo dormitar. Vigila mi cabeza, clava sus agujas lentamente, me cose en la piel ramas de parra; ahora mis ojos le pertenecen

 Tuvo finas garras, tan calientes como el hierro del limbo, para vencerme y después morir. Pero se quedó en un sueño, el espectro es acaso el inmortal. Cuesta caro una buena piel.

 …mas despierto he soñado las cosas más enfermas, para dormir como un tronco o parecer un tarado al que miran los tornillos. Algunos buscan limpiarse el alma, o encontrarla, tratar de comprenderla; luego temen de sí mismos.

 tengo que matarte en mi cabeza para que nunca más te vayas, no tener que buscarte ahora.

 A veces quiero hacerle una ofrenda; ¿bastaría con ahorcar a un perro?

Se llora, se ríe, por igual. También me pongo a  pensar: ¿por qué te pareces tanto a mí?




martes, 31 de agosto de 2021

Catársis

 Línea de la impaciencia y el vómito literario.


Hace ya más de seis años que estoy maquinando la historia de Laureano y Margarita; un sacerdote perverso y una vieja que esconde un terrible secreto… dicho así, comprendo, parece una novela televisiva, una película clase z, y tal vez no esté muy alejado en este momento, no por la historia, sino por mi capacidad de contar los hechos de un modo exquisito.

El asunto es que estos personajes, junto a otros que a veces los tocan y a veces aparecen en otros lugares, se presentan cada vez que escribo, como si fueran los eternos protagonistas de mi obra. Intento incluir sus historias cada vez que algo nuevo se aparece en mi cuaderno, pero después advierto que no es el momento, que Laureano, Magui y Miguelito tienen que ser los principales, y que Sara Blunt y Charles Blanck también merecen una historia distinta.

 Para quien haya leído algún fragmento de “Asesinato”, a modo de curiosidad, le cuento que existen borradores en los que Radek y Fernández se cruzan con el cura y Margarita, pero son estas líneas las que afirman que esos borradores no van a formar parte de la historia cuando sea publicada.

Me despido, bien dicho, he terminado de hacer mi catarsis.

 

viernes, 30 de julio de 2021

Ceder

Era una magnífica tarde de verano cuando Marcel salió de casa para hacer las compras. Va cantando porque el sol hace un rato menguó, permitiendo a las personas andar sin sofocarse bajo sus rayos tan intensos. Sus vecinos lo saludan, le preguntan por Marieta, su madre, y galante responde que Mary está muy bien, que siempre pregunta por ellos, y los despide con un “hasta luego” cordial.

Ya en la feria continúa intercambiando cumplidos con vecinos y vendedores, mientras se pierde entre verduras de incomprobable frescor y manjares de toda índole. Pero su atención termina concentrándose en un puesto oscuro y maltrecho en el que un viejo desdentado no ofrecía más que la cabeza de un cabrito. Parecía arrancada con las manos y puesta en el mostrador con la única intención de asustar. A pesar del espectáculo, el carácter curioso de Marcel le obliga a detenerse allí.

 

-   Buenas tardes, señor -dice el puestero amablemente- ¿Tiene interés por la pieza?

 

El carnicero, de aspecto enfermizo, sigue moviendo la mandíbula incluso cuando no está hablando. Antes de que Marcel respondiera, el hombre agacha la cabeza y busca unos papeles para abanicar la terrible cabeza. Marcel nota que los ojos del caprino no fueron arrancados; para su creencia, el animal aún conserva el alma. Oferta con dos monedas de cinco centavos, el viejo enseguida toma una bolsa y mete el producto en ella. Con el movimiento, se desprendió un olor nauseabundo que colmó el aire, causándole arcadas al comprador. Pero antes de tomar el paquete, nota una torcedura en los finos labios del cadáver, una suerte de sonrisa que le liberaba de toda compasión posible. Aterrado, Marcel se larga del puesto corriendo. Grita, empuja a todo aquel que se le cruza por delante y a los pocos metros cae de cara al suelo. Hay risas entre los presentes, pronto un tufillo de sentencia troca al mote de ladrón. Las últimas voces vinieron desde atrás, en donde aún no podía verse lo que estaba pasando. <<Groin, Groin>>, escucha Marcel; voltea antes de advertir que se trataba del viejo puestero, quien ofendido por su espanto había empezado a correrlo mientras emulaba a un cerdo, y ahora blandía un puñal oxidado sobre su cabeza.  << ¡Le falta un ojo!>>, advierte Marcel con horror. Luego tiembla hasta perder la noción de sí.

 

Al cabo de una hora el cielo oscurece y los feriantes comienzan a abandonar los puestos. Es entonces cuando llega Marieta, preguntando a la gente por su hijo. << Hola, señorita… -titubea sin atreverse a levantar la mirada- ¿Ha visto a Marcel?>>, mas nadie le responde, al contrario, todo el mundo la intenta evadir. Así la anciana llega al único puesto que queda. Detrás del mostrador, la oscuridad se rompe con el parco rostro del tendero.

 

-   Buenas noches, señora ¿Le interesa alguna pieza? Dos cabezas de cabrito a diez centavos…

 

Como ella no responde de inmediato, el viejo hace un ademán con las manos para enseñar la mercancía. Marieta pone una moneda entre las dos cabezas y espera pacientemente a que el viejo las envuelva. Se saludan, se dan las bendiciones y la mujer emprende el retorno.

 

-   ¡Ay, Marcel, hijo!

 

¡Me reconociste! Perdóname, madre, no te enojes conmigo, ¡fui secuestrado!

 

-   Meh, meh”, … -baló Marcel desde el paquete, mientras el paso de su madre lo sacudía de un lado a otro.

 

Aún no se percataba de haber perdido también la voz, por lo que tampoco se sintió tan desdichado como su compañero. Cuando llegan reconoce el ruido del portón y los jadeos de los pastores que venían al trote, entusiasmados por la carne. La mujer mete mano en la bolsa y un dedo se cuela por la nariz de Marcel, << ¡Meh!>>. Toma la otra pieza y la tira a los perros, pero estos la rechazan y escoltan el paso de su ama hasta la puerta.

 

<< Estoy sobre la mesa, no lo dudo –piensa Marcel- ¡Mi casa, al fin!>> Antes de que llegaran las moscas, la madre pone su cabeza en un frasco lleno de formol y ahí se queda el resto de la semana escuchándola cantar la misma melodía una vez tras otra:

 

“Al puerto, se van los barcos,

sonriendo va el capitán,

le esperan del otro lado

las honras del Gran Sultán”

 

 

El sábado parten hacia el centro del pueblo. Marcel no está al tanto de que pronto comenzará a acostumbrarse a ser lo que es, va a llevarle mucho dolor, pero al fin entenderá cómo son las cosas para alguien como él. Después de un momento de incertidumbre, se estremece al advertir que las personas entregaban monedas para oírlo cantar. Marieta le pide que cante <<Al puerto, se van…>>, le repetía, arengando con el tono de voz que adoptaba cuando él era un niño y tenía que regañarlo. Después de mucho tiempo, Marcel siente ganas de llorar. <<Vamos, cabrito… ¡Te digo que cantes!>>, ordena furiosa. Aterrado, lo intenta. Pero resulta pronunciando un sonido repugnante ahogado en formol. El público grita de espanto, da un salto hacia atrás, aplaude y muchos de ellos vuelven a pagar los diez centavos. << ¡Canta, cabrito!>>, dice Marieta con voz trémula. << ¡Moh!>> Su pudor languidece, está perdido.

 

Todos los sábados tenía que cantar. Al principio estuvo muy angustiado, luego llegó un momento en el que se sintió capaz de pronunciar “Gran Sultán”, o “puerto”, pero fue inútil. Lo único posible era escrutar minuciosamente cada rostro. Así comprende lo que es el miedo, la risa, el dinero... Siente repulsión de haber sido un hombre alguna vez.

 

Con el correr de los meses todo el mundo había visto al engendro, y llegaron a aburrirse de él. Acabados, madre e hijo no precisan decir nada para lamentar que alguna vez Marcel fue un hombre; corriente, pequeño, hombre al fin. No hacían más que contar los días. No precisaron más conclusiones.

 

Una noche Marcel despierta por un repentino sacudón y se sorprende al sentir el viento otra vez, luego el pasto. La madre se había dado por vencida, acabó por desechar al hijo que tanto amó. Marcel llora unos segundos en el patio, se consuela al comprobar que sus cálculos fueron correctos; a su antiguo compañero del puesto, los gusanos le comieron los ojos y su carne está poniéndose color verde; << ¿Quién habrá sido capaz de cometer tal atropello?>>, se pregunta.

 

Amanece con la frustración de no haber muerto. Abre la boca para maldecir, sorpresivamente el forcejeo de los labios lo hace rodar y una extraña esperanza cobra fuerzas en él. <<¡ Meh, meh!>>, celebra. Más se aleja, más sonríe, fantasea un porvenir antes insospechado. Fue uno con el hedor y la muerte, siempre conservando el par de ojos.

Ahora deambula por la calle mientras grita, espiralado, su balada, que atrae y luego asquea a quien la escucha. 


domingo, 18 de julio de 2021

La Farola

A escasos metros, ella, devaneo. Una lucecita reptaba por sus ojos para encandilarme, por eso trato de ignorar la cara, nunca es bueno quien se hace amar. Ahora no tiene más que los músculos vitales. La cadencia enredada entre alongadas piernas, las contracciones, cada suspensión del andar. Con velocidad desprolija una línea recta se hace con su efigie en pocos segundos. Hasta entonces, el sol me había sido inane, pero me clava su uña en la mirada para que la deje ir. Así que preferí voltear; además era muy tarde, no había dormido en la víspera, como cada noche propia de la ansiedad. El aire fresco me pone sobrio y puedo pensar mejor. Atribulado, decido que lo más sensato era refugiarme al pie de un árbol. Camino hasta una calle angosta, con adoquines, en la que habían plantado robles y tilos. Tirado sobre un calchón de hojas, entornados los ojos, ensueño. Por un instante olvidaré que soy mortal para concentrarme en lo enfermo que estoy. Tan sólo cuento con la radical fuerza de mi oscuridad, quien fue pariendo estos temblores.

Algo de ardor en mi sangre herrumbra percepciones. Fluir. Muerde su propia lengua para erizarse la piel. Lo único que recuerdo son sus pasos, la conjetura de no volverla a ver. Un muro entre los dos, inquebrantable. Pido que murmure, lo hace. Reconstruyo fragmentos de su desnudez mediante el inconcluso de la voz. Con una de mis garras intento cruzar al cuarto imposible. Rechazado, una patada eléctrica. Me llega el reflejo de mi cuerpo enroscándose. Ovalo compacto. Los huesos ejercen presión, cortan la piel, sangro líneas. Un pez globo. <<Lo mío es otra cosa… un amor incontrolable, tal vez, fiebre o rencor ¡Cuánta vileza!>>

Bastaría con rodar hasta que nadie pudiera encontrarme. Una especie de fuga. La rabia denostando el mito del canino muerto. Penetro la piel tan blanca hasta fundirme con su luz.