martes, 15 de junio de 2021

La Cucaracha

Trataba de encontrar alguna escama sobre su piel cobriza y explicarme el porqué de este encanto. Su belleza resulta ser un anhelo imposible, semilla de las más atrevidas hazañas que brotan en mi carne, tan temerosa como ruin. Así que miro con disimulo cómo pone los codos sobre el mostrador y se toma un poco la frente. Sus ojos me gustan casi tanto como el mechón de pelo negro que le cae a un costado del rostro. Si fuera una película, bastaría con decir una frase cualquiera y tendría sentido. En cambio, estoy a unos tres metros, lo que pudiera decirle acabaría por espantarla. Creo que algo sospecha, porque voltea el rostro cada vez que cruzamos las miradas. Pero no puedo culparla; personas como ella no entienden a los tipos como yo. Por ahora me conformo con pensar en que algún día, cuando traiga la botella de vino, vea mi firma bajo un poema y se le rompa la cabeza imaginando qué cosas pasan por mi mente.

 

Los viernes la va a buscar su novio; un narigón horrible que se viste completamente con jogging. Tiene las piernas chuecas, no obstante, camina levantando la nariz con aires de reno campeón. Entra saludando a todos como quien está entre buenos amigos mientras les enseña una dentadura estupenda. Mis dientes no van a durar tanto, de hecho, me faltan dos muelas y se nota cuando río. Lo mejor es escribir boludeces que cuentan lo mucho que me gustan las fresas y el rouge. Tengo que hacer esa cagada, meterla en un sobre y hacérsela llegar de forma anónima. Ella va a descubrirme, soy el único que viene a escribir, no creo que conozca a otro más que se dedique a esto. El novio será intimidado por mis versos; incluso pondré un sinónimo enroscado entre las primeras líneas, y reiré al imaginarlo mientras se debate entre buscar el diccionario o quedarse con su orgullo. A la mujer le gustan más estas cosas, entiende mejor. El hombre incapaz de un sólo verso no me gusta para nada.

 

El lunes vuelvo a mi mesa del bar, que está siempre libre porque la luz no logra caer sobre su lomo. Mi amada sabe lo que voy a pedir, pero pregunta y anota para hacerse notar. Al rato viene el dueño con la botella y un vaso. Sonríe y camina mirando hacia un lado para no perderse las bromas de otro viejo, que está en la barra y habla como estúpido, y sus palabras hacen reír a los presentes. Mi paloma también se ríe, la verguenza ajena me carcome… Esa tarde no escribo una puta línea y me dedico a repasar un cuaderno con poesías viejas. Todas me aburren, no las entiendo y tienen rimas infantiles. Podría hacerlas más simples o más abstractas para venderlas, pero no tengo el talento requerido. Miro hacia la barra, de a poco me acostumbro a que ella puede darme náuseas, aunque sea hermosa. No siempre gusta todo lo que es. La tengo, sin embargo, en mis líneas; aunque resulta incomprensible, algo aburrido y voraz. No importa, me hace falta. Me gustaría más que la piba se suba a la mesa y cante, verla despojada de cualquier signo de cordura, no tanto, claro. Sin embargo, veo el canto como la renuncia a aquel empleo de mierda y el comienzo de una nueva vida juntos. Para ese día espero encontrarme navegando sin Norte, hasta el orto de vino.

 

…ese día no fui al bar y traté de disuadir cualquier recuerdo de la joven. Bastó usar la mano como un abanico para alejar el perfume del café que no hacía más que llevarme al bar. Tal vez, y sólo gracias a mi incapacidad para recordar los sueños, hubiera sido mejor no despertar esa mañana, o tener la cómica suerte de amanecer con gripe y así quedarme entre frazadas y almohadones que abrigaran mi dolor.

Me sorprendió mientras me cautivaba con el ir y venir de una cucaracha. Pienso que estuvo frente a mí durante varios segundos antes de chistarme. Lucía muy linda cuando me sonrió por primera vez y dijo:

-          Una semillita de amor…

-          ¿Qué?

-          Si le ponés una de esas en el vaso a alguien, cuando lo tome le van a crecer lazos de amor… Le crecen, y esa persona se enamora de vos. Mis papás se conocieron así…

-          Una cucaracha…

-          Claro.

Era perfecta… la cría de una bruja sin escrúpulos y un condenado a muerte. Nació para que mis manos la cubran, para presenciar la caída del narigón y, por qué no, de su tirano jefe ¿En qué momento puede leer la piba? ¿Tendrá el mismo pulso con el que se dibujaba las zapatillas cuando no podía comprar unas nuevas? Se pasaba la vida sirviéndome vino y un plato de arroz cada tanto. Le hacía café al cobarde de la panadería, y el viejo le daba una moneda más por el servicio. Me animaría a decir que esta hermosura de mujer ni loca le sirve café a su padre, o que ha discutido muchas veces con la madre porque es una desordenada “y en el trabajo pone cara de buena para caer simpática”.

Si los padres son idiotas, mejor. Tenía que invitarla a su propio ritual, hacerla tomar un trago con nuestra semilla de cortejo. Teníamos años de locura por delante, después podría caer el mundo sin que importara. Me propuso un juego al que no declinaría en absoluto; por primera vez iba a aceptar lo que me tocaba sin otra excusa que mi negro nubarrón ¿Sería capaz de hablarle?

 

 

Era un día viernes, entre las seis y las siete de la tarde. Llovía a lo loco, y mi traje empapado me hizo temblar. Ella me miró y al acto corrió la cara. No dejaba de tenerme un poco de miedo. Tuvo la osadía de hacerme gestos para que le confirmara la botella de siempre. <<Vení acá…>>, fingí no entender las señas.

 

-          Buenas tardes…

-          ¿Cómo estás?

 

Sonríe. No entiende mi tono, aunque suelo ser impreciso al hablar, pero no puedo dejar que se vaya y quedarme con la propuesta en la boca. Repito la pregunta y me responde que si.

 

-          Me alegro… ¡Qué bien!

-          ¿Qué va a pedir?

-          Una botella de ron y dos vasos…

-          Ya lo traigo…

 

No comprendí si me ignoraba o qué... Pronto la veo venir; tiene la botella y un vasito de mierda.

 

-          ¿El tuyo? – le pregunté.

-          ¿Qué?

-          Tu vaso…

 

La voz del jefe nos sacó de cuadro y no tuve otra que tomarme el ron. Es una bebida que me da asco. Al culo de la botella no le pude ganar, y al rato estaba totalmente eufórico, gritando todo tipo de insultos desde la silla, lo que me tuvo en el centro de la atención unos minutos y al fin acabó por hacer que me sacara un comensal grandote. Terminé en la vereda de enfrente, mojado de pies a cabeza y dando tumbos contra las persianas. Lleno de miedo por que llegara algún policía a cagarme a trompadas, llegué hasta la esquina y traté de parar un colectivo que me dejara más cerca de casa. Ninguno paró, deberían haberse detenido a pesar de la lluvia, pero en esa esquina parecían acelerar todavía más.

 

La cama me cobijó con cariño, apretándome igual que una perra a sus crías. El amor, al fin de cuentas, lo hace uno mismo. A veces pienso que buscamos cuerpos similares a nosotros, a cómo quisiéramos lucir. Por eso me avergüenzo de las incompetencias de otros tanto como si me fueran mis propias… y me enamoro sin filtros de una joven irrespetuosa, una criatura de lo más cruel. Será que no logro perder mi gusto por la maldad ¡Ay de mí! Niña; ¿cuánto para que aprietes tu boca con la mía, apuntes un arma y me hagas mierda la cabeza? Ultrajame con amor, no te apures; los muertos nos reímos de todo. Después andate para que nadie más lo sepa. Hacelo con cuidado, quiero convertirte en una criminal de corazón metálico.

Mañana voy a dejar la cucaracha, como la que me pusiste en secreto ¿O pensás que te amo por amar? De a poco voy a morir, que tu mano me de muerte será un halago.