miércoles, 18 de noviembre de 2020

Diamante

 




Cuando saltabas, bajo una lluvia
parecida al pelo negro que presumes
y celebro,
te miraba como un niño mira al caramelo.

Desesperado por llevarte un beso que te arrancara del pecho un grito, enloquecido por grabarme
tu locura en cada estado de mi piel.
Y transpirarte, a vos, diamante deseo.

Llegamos empapados,
falsa luna de miel nos inventamos
una noche cualquiera
¿Podría haber sido dios el culpable de nuestra huida?

El vino y la risa, la culpa
que cosquilleaba en cada estómago.
Bien por los fugitivos que no temen al juicio.

Unos labios que me diste, un secreto que aún tengo
y el definitivo “nunca más”
que lloraste al partir.

Pero ahora es de noche,
aun será de noche unas cuantas horas más.
Si los ardores se multiplican en la cama,
no hay razón para que salga febo
a destrozar lo que hemos hecho.
Te quiero…

¿Hubieras clavado en mí tu daga,
si fuera mi último deseo?
¡No podría asesinarte,
aunque tu muerte me salvara!
Ye vendrán verdugos,
¡Qué importancia tendrán!

Vamos a amarnos, a perpetuar las caricias      anticipar que somos libres.

El casamiento se desmiente
con la muerte de dios; la culpa
revienta cuando dios explota,
cuando muere su carne ficticia.

Nadie podrá hablar más allá del sonido insípido de las voces, que se retorcerán en el olvido.
La misma tumba, una fosa común
para el pecado y la mentira.

Aun es tarde en la noche, mañana no llega.
Si cierro los ojos, e imagino que caes,
sabré que nunca podré perderte

¿Habrá que morir para contemplar lo que es cierto? ¡Mentira!
Las muertes enaltecidas por el señor,
también serán desmentidas.
Y así, sólo así, habrá un amor
que no precise de la apariencia.

Nacerá lo sublime, porque el término aun afirma que aguarda un cuerpo.

Mientras tanto, querida,
aprovechemos las estrellas;
que entre ellas se cuidan,
del mordisco nauseabundo del sol.

El sol durmiente

Por Federico Ambesi 

Hambres de trabajo, sueños que trepan y caen y vuelven a trepar. Una misión a la que nadie nos llama, pero creemos que es el deber. Acudimos. Como una especie de limbo, una siesta a medio dormir, con las máquinas trabajando a las tres de la tarde. Y el sol que pega fuerte en la ventana. Se mete a morir con uno.
Fiebre.

No tuve la intención de perderme ni colgarme en esa rama. No quería verla retorciéndose en el suelo. A mi amada, tan colmada de olvidos. Tuve suerte de quererte a vos también.

La medrosa noche, impávida ante el eco,
invadió cada espina, me dio con todo. No lo pude advertir. La cosa de mierda fue sorprendente. Se pegó a mi cara como un chicle. Sucio, añejado en el cemento, reactivado por el sol.
El taco que la piba clava,
lo abandona en mi cara
dos horas después.
Fue lo mismo, todo el tiempo me ganó.
y abandonamos al cuerpo,
el encierro,
el apareamiento social. mo culean los perros” había dejado de importarnos. Por entonces no figurábamos en todos lados. Se trataba de comerciales y un disgusto, algo de eso. Entonces el momento pasaba, la noche acabaría igual. Un rato entre las almohadas, era todo. Mecánico, moral… Por cada uno, me tocaba fumar.

Pensando en consumirme como el papel, no como la punta del filtro quemada y renegrida, que destaca horriblemente del minúsculo monumento al humo. Caen en los tachos y por el suelo, cada tanto se los encuentra detrás de algún mueble, entre las plantas. Los guardamos por si acaso. Nunca revolví la basura por hambre.

Amanece y me encuentro muy molesto. Parecía haber dormido entre escombros meados por gatos. Pero no, estaba en la cama. A un lado tenía el arma, al otro una mujer. La miré mientras dormía, pensé en cuánto la amaba. Derramé alguna lágrima y traté de conciliar el sueño. Pero el sol calentaba el vidrio, el vidrio pega fuerte, despierta. Sólo un bebé, un gato, duerme así. Pero yo me opongo, necesito el otoño, el día de tormenta, aunque me pongan de mal humor. La clave está en alargar la noche, o al menos sus más leves sensaciones. Con eso basta para conservar la calma. Adormecido, uno piensa mejor. Puede parecerse a un gato y dormir como duerme un niño, para entonces meditar y tener algo que decir un domingo o cuando se viera con las amistades. Tampoco me interesa demasiado el destino. Quisiera quedarme aquí, como en un sueño, y reposar, desfragmentarme (casi) por completo. Me interesa, particularmente, conservar el ojo izquierdo; es con el que más te voy a extrañar.
Como una perla,
de un viejo collar,
de sospechas de plástico.
Vemos morir todos los placeres antes de haberlos concebido.

Agua

 Habitáculo perfecto,

como entrañas de un molusco
que se adornan con tu bello y
deslizo
una lengua rosada,
bífida
cargada
anunciada a llevarte,
predispuesta a entregarse
y morir en tus mares,
de rojo,
oro y sal
Adoptaré a las sirenas
que de tus piernas crezcan
que me agotan, me astillan
una mandíbula herida

Por amor,
este sorbo de vida

Pibe Cañete

 

Ahí lo tienen a Cañete, esperando el bondi que lo pueda llevar a casa. Viene con su chica, una rubia esquelética, más fea que otra cosa, portadora, sin embargo, de un par de nalgas exquisitas. Cañete, por su parte, es tan corriente que ni valdría la pena describirlo.
Suben al segundo, no les gusta viajar parados. Hay plata en el bolsillo del pibe, por eso pueden reír toda la tarde y después sentarse a comer mirando la televisión. Nada les molesta. La eyaculación precoz del macho es solo un recuerdo que parece nublarse cuando tienen plata en el bolsillo. La piba muerde el paty, clava los ojitos marrones sobre la pantalla del televisor y cada tanto dice alguna boludez. La vida simple, pasa rápido. Cañete cuenta, le quedan dos mil mangos. Suficiente para tomarse todo el lunes sin laburar ¿Habrá un nuevo transeúnte con casi seis lucas en el bolsillo cada sábado? El comprende que la mano viene dura, por eso afana cada vez más seguido, a pesar de los amentos que su madre larga previamente a cada atraco. Es un hombre, o por lo menos se siente hombre cuando afana y le sale bien. “Los únicos que caen en cana son los giles”, piensa; cree haber podido amaestrar al mundo de la ley.
La piba está embobada con un rubio que aparece cantando. Lindo pibe al que Cañete mira con bronca. “¿Será que a este gato le anda bien el bicho?” Envidia fálica, como cualquier hombre con algún bardo en su funcionamiento sexual. El hígado es menos trágico, socialmente trágico, quiero decir. se prende un pucho, al toque se baja dos vasos de coca y le dice a la piba que ya está, que tiene que dejarse de joder. Ella obedece y va a meterse a la cama, igual que un perro castigado.
Cañete se mira al espejo. No sabe lo putrefacto que está “¿Seré puto?”, pregunta al espejo. Medita.

En medio de la noche, la empieza a empujar. Ella no tiene ganas, no le gusta coger con él, mucho menos cuando la reta. Se niega, le dice que tiene sueño. Al día siguiente piensa en volver con su mamá. Hasta ahora había aguantado, porque el padre era un hijo de puta, pero esto era demasiado. Cañete insiste y la llama “puta” unas cuantas veces. Le tira plata sobre la almohada, luego prende la luz “¿Esto querés, mogólica?” El llanto, justo lo que más le enfurece al jovencito. Al último que vio llorar, le metió un tiro en la cara. Lo peor, según él, fue que lo mató por doscientos mangos.
La piba intenta cruzar la puerta. Vestirse le costó más que nunca gracias a los empujones de Cañete. De acá no te vas, forra”. Cañete cumple y le pega un tiro por la espalda. La piba cae, su madre comenzará a rezar por su alma y a pedir justicia en las calles.