Mortis
Paranoia
Refugio
emocional
Me
hostiga el reflejo del sol colándose por la ventana, lo odio porque no puede
salvarme de la tiniebla en la que me pierdo sin siquiera cerrar los ojos ¿Qué
hace ahí, mirándome como un idiota, sin hacer algo contra estos cuervos?
¡Deberías hacerlos arder, estrella corrupta, para que al fin dejen de acecharme!
Mis exhortos no ayudan, toda la malicia de la que alguna vez hice alarde parece
estar desvaneciéndose in fraganti,
convirtiéndose en la burla del horror que me invade. Por si acaso, agito mi
cuerpo desnudo. A medida que la fuerza me abandona, el sucio y frío suelo deja
de molestarle a mis pies. Pero me muevo, acaso para no sentirme muerto ¿Qué hay
para los que dejan de andar? ¿Qué refugio brota sobre nuestras cabezas? Pequeña
volición hereje, mi corazón clama por ti. Entonces el horror se vuelve más y
más agudo, pero dentro de mi alma lacerada todo es nada, representa un ruido
sordo, un órgano desprovisto del tejido elemental…
No
conozco el punto exacto en el que estoy, me muevo acorde al ritmo de una
espiral. Siento el murmullo de una masa de moscas, que atraídas por mi carne
han llegado —¿muy temprano? — hasta aquí. Cuando empiezo a acostumbrarme,
cuando al fin me arranco los ojos con desdén, una mano extraña me cruza la piel,
prueba el fondo de mi cuerpo, se lleva algo que al momento ignoro, pero el
dolor es grande y al fin mis piernas ceden. Se trata de un sueño, mejor dicho,
el paso previo, un limbo onírico en donde me siento morir —¿Será éste mi
momento? — Siempre me interesaron los momentos clave. Al pasar por al lado de
un transeúnte, me gustaba recrearme en el momento preciso en que nuestros
cuerpos cruzaban la misma bisectriz. Como muestra de la voracidad del tiempo,
el otro se borraba mientras yo, perplejo, buscaba un cuerpo nuevo. Ahora están
por reunirse la muerte y este andar ¿Qué lugar ocuparé? ¿Seré un anfitrión
indeseable molestando a las visitas, un testigo privilegiado…?
Cada
tanto siento frío, sobre todo cuando pienso ¿En qué cosas me detengo a pensar? ¿Será en esas sombras que me rodean como un ejército
de hambrientos alfiles? Intento ver sus caras, no me dejan, sólo tengo un
nombre que da vueltas en mi cabeza y se niega a ser pronunciado. Quisiera tener
el coraje de abrir la boca y largar un grito que me ahorro vaya a saber por
qué… ¿Quiénes son esos dos que se acercan a paso firme, que blanden mi
angustia, la exhiben ante mis ojos muertos y hablan de lo mucho que sangra?
—Parece
un corazón—observan con desdén— pero es negro, negro, negro. — y animados por mi
horror al saberme mutilado, se largan a reír. Tienen bocas perfectas, no son lo
que esperaba ver el día que conociera a mi verdugo.
—
¡Preséntense! —intento
ordenarles, pero ahora guardan un silencio de misa. Andan sobre mí como si les
pertenecieran el mundo y mi final. Ven cómo me retuerzo, no expresan
absolutamente nada, simplemente me persiguen dando largos pasos, como
burlándose de mi andar de gusano ¿Fueron sus manos terribles las que me
ultrajaron?
Parapetado
en un rincón, aguardo el desenlace. Lamento que sean un par de criminales
remilgados, portadores de un silencio que me asfixia. Necesito una muerte
rápida, higiénica para mi mente. Toda esta intriga no hace más que consumirme
¿Cuándo acabará? Es la misma pregunta que hice más de mil veces cuando nada de
esto parecía ser una posibilidad. Ahora mis más grandes pesares tienen tintes
de comedia. Ellos avanzan entre el zumbido interminable, entre la capa carbón
del aire y a pesar del minúsculo sol. En todo esto no soy nada, mas parezco el
centro de sus mundos cuando dan un paso, luego otro, uno más.
Llega
una música de salvataje, aire fresco, violáceo: —Hijo ¿estás ahí? —es la voz de
mi madre, inconfundible e inesperada. Con ella el mundo estaba bien, todo
parecía más cálido cuando me apretaba contra su pecho. Ahora me llama, en el
peor momento, y creo estar a punto de llorar. En el estado en que me encuentro
es imposible responder, me desespero, mi boca se rompe cada vez que intento
abrirla. Mas su voz, antes alentadora, comienza a repetirse en un tono plano y
pronto parece una burla. “¿Estás ahí?”,
me dice, “¿Estás ahí?”, como si la hubieran grabado en una cinta con el fin de
confundirme todavía más. Desfallezco.
—Me voy, me comen, no soy… — lo grito, pero el
silencio me calla.
La
yema de un dedo aprieta la punta de mi nariz. El tacto helado me conduce a
imaginar que al fin estoy a punto de despertar. La sombra se disipa, vuelvo a
ver como antes y con sólo abrir los ojos doy con el rostro hermoso de una mujer
celeste. Me sostiene, habla una lengua ridícula, pero no quiere escucharme,
prefiere meterme su tibio pezón en la boca. Succiono embelecado, fluyo y
espero, escondido entre sus brazos.