Necesito de esas almas vagabundas, las que
toman un trago y hablan más de lo que saben. Me gusta cómo formulan ideas que
le calzan a un niño para entonces fracasar dignamente entre los grandes.
Abandonan sus cuerpos y caen al piso, en
donde nos entregamos a una cosa o la otra. Por el momento, da igual. Me sirve
que estén ahí, acá, más cerca.
Fácilmente podría ahorcarlas ¿No es eso lo
que todos quieren? Como cualquier droga, me han empachado… ¡Belleza! Carne, cuero
y hueso se esconden con rubor y perfumito. Estiro mi garra, la más desprolija,
y siento que explota dos veces una mandarina, mil veces la carne. También
muero, caigo, el frenesí me quiebra, no sé moverme si no están.
La última vez fueron dos hermanas. Pendejas,
tontas por demás. Las llamé con un gesto, soy tan lindo como cruel. La mayor
ofrecía un ojito bien negro, de brillo inagotable. El otro, también hermoso,
estaba de más.
- ¿Puedo cortarlo?
Navaja dispuesta, sangre inquieta. La chica
no quería perder el ojo ni morir. Íbamos a hacer lo mismo de siempre. Primero
con ella, la hermana después.
No digo nada y la ahorco. Acabo adentro y
abre los ojos. Ha despertado. Pienso en el rostro que tendrá mi hijo.
- ¿Te gustó?, pregunta tímida mientras se
pone la blusa.
Ofendidas por mi silencio, deciden marcharse.
Por la noche me ahoga la culpa. Siento estar
por perder la magia; mi cuerpo ya no estira lo suficiente. Bajo el sol no valgo
ni mierda ¿A quién le tengo que pagar por todos mis agravios? Soy impune y,
para colmo, agonizo. Claro que antes debería permitir que un amor me cruce
entero y me destroce. Pretendo amor, no cariño, nada de obediencia ni manos
amigables que me intenten curar. Las advertencias que pretenden controlarme
acabarán por fin. Me tomaré el tiempo de mutilar el cuerpo de cada una de
ellas… y con su sangre mojaré mis zapatos. Pues sólo el niño y la mujer andan
descalzos. El hombre se viste y desviste.