martes, 31 de agosto de 2021

Catársis

 Línea de la impaciencia y el vómito literario.


Hace ya más de seis años que estoy maquinando la historia de Laureano y Margarita; un sacerdote perverso y una vieja que esconde un terrible secreto… dicho así, comprendo, parece una novela televisiva, una película clase z, y tal vez no esté muy alejado en este momento, no por la historia, sino por mi capacidad de contar los hechos de un modo exquisito.

El asunto es que estos personajes, junto a otros que a veces los tocan y a veces aparecen en otros lugares, se presentan cada vez que escribo, como si fueran los eternos protagonistas de mi obra. Intento incluir sus historias cada vez que algo nuevo se aparece en mi cuaderno, pero después advierto que no es el momento, que Laureano, Magui y Miguelito tienen que ser los principales, y que Sara Blunt y Charles Blanck también merecen una historia distinta.

 Para quien haya leído algún fragmento de “Asesinato”, a modo de curiosidad, le cuento que existen borradores en los que Radek y Fernández se cruzan con el cura y Margarita, pero son estas líneas las que afirman que esos borradores no van a formar parte de la historia cuando sea publicada.

Me despido, bien dicho, he terminado de hacer mi catarsis.

 

viernes, 30 de julio de 2021

Ceder

Era una magnífica tarde de verano cuando Marcel salió de casa para hacer las compras. Va cantando porque el sol hace un rato menguó, permitiendo a las personas andar sin sofocarse bajo sus rayos tan intensos. Sus vecinos lo saludan, le preguntan por Marieta, su madre, y galante responde que Mary está muy bien, que siempre pregunta por ellos, y los despide con un “hasta luego” cordial.

Ya en la feria continúa intercambiando cumplidos con vecinos y vendedores, mientras se pierde entre verduras de incomprobable frescor y manjares de toda índole. Pero su atención termina concentrándose en un puesto oscuro y maltrecho en el que un viejo desdentado no ofrecía más que la cabeza de un cabrito. Parecía arrancada con las manos y puesta en el mostrador con la única intención de asustar. A pesar del espectáculo, el carácter curioso de Marcel le obliga a detenerse allí.

 

-   Buenas tardes, señor -dice el puestero amablemente- ¿Tiene interés por la pieza?

 

El carnicero, de aspecto enfermizo, sigue moviendo la mandíbula incluso cuando no está hablando. Antes de que Marcel respondiera, el hombre agacha la cabeza y busca unos papeles para abanicar la terrible cabeza. Marcel nota que los ojos del caprino no fueron arrancados; para su creencia, el animal aún conserva el alma. Oferta con dos monedas de cinco centavos, el viejo enseguida toma una bolsa y mete el producto en ella. Con el movimiento, se desprendió un olor nauseabundo que colmó el aire, causándole arcadas al comprador. Pero antes de tomar el paquete, nota una torcedura en los finos labios del cadáver, una suerte de sonrisa que le liberaba de toda compasión posible. Aterrado, Marcel se larga del puesto corriendo. Grita, empuja a todo aquel que se le cruza por delante y a los pocos metros cae de cara al suelo. Hay risas entre los presentes, pronto un tufillo de sentencia troca al mote de ladrón. Las últimas voces vinieron desde atrás, en donde aún no podía verse lo que estaba pasando. <<Groin, Groin>>, escucha Marcel; voltea antes de advertir que se trataba del viejo puestero, quien ofendido por su espanto había empezado a correrlo mientras emulaba a un cerdo, y ahora blandía un puñal oxidado sobre su cabeza.  << ¡Le falta un ojo!>>, advierte Marcel con horror. Luego tiembla hasta perder la noción de sí.

 

Al cabo de una hora el cielo oscurece y los feriantes comienzan a abandonar los puestos. Es entonces cuando llega Marieta, preguntando a la gente por su hijo. << Hola, señorita… -titubea sin atreverse a levantar la mirada- ¿Ha visto a Marcel?>>, mas nadie le responde, al contrario, todo el mundo la intenta evadir. Así la anciana llega al único puesto que queda. Detrás del mostrador, la oscuridad se rompe con el parco rostro del tendero.

 

-   Buenas noches, señora ¿Le interesa alguna pieza? Dos cabezas de cabrito a diez centavos…

 

Como ella no responde de inmediato, el viejo hace un ademán con las manos para enseñar la mercancía. Marieta pone una moneda entre las dos cabezas y espera pacientemente a que el viejo las envuelva. Se saludan, se dan las bendiciones y la mujer emprende el retorno.

 

-   ¡Ay, Marcel, hijo!

 

¡Me reconociste! Perdóname, madre, no te enojes conmigo, ¡fui secuestrado!

 

-   Meh, meh”, … -baló Marcel desde el paquete, mientras el paso de su madre lo sacudía de un lado a otro.

 

Aún no se percataba de haber perdido también la voz, por lo que tampoco se sintió tan desdichado como su compañero. Cuando llegan reconoce el ruido del portón y los jadeos de los pastores que venían al trote, entusiasmados por la carne. La mujer mete mano en la bolsa y un dedo se cuela por la nariz de Marcel, << ¡Meh!>>. Toma la otra pieza y la tira a los perros, pero estos la rechazan y escoltan el paso de su ama hasta la puerta.

 

<< Estoy sobre la mesa, no lo dudo –piensa Marcel- ¡Mi casa, al fin!>> Antes de que llegaran las moscas, la madre pone su cabeza en un frasco lleno de formol y ahí se queda el resto de la semana escuchándola cantar la misma melodía una vez tras otra:

 

“Al puerto, se van los barcos,

sonriendo va el capitán,

le esperan del otro lado

las honras del Gran Sultán”

 

 

El sábado parten hacia el centro del pueblo. Marcel no está al tanto de que pronto comenzará a acostumbrarse a ser lo que es, va a llevarle mucho dolor, pero al fin entenderá cómo son las cosas para alguien como él. Después de un momento de incertidumbre, se estremece al advertir que las personas entregaban monedas para oírlo cantar. Marieta le pide que cante <<Al puerto, se van…>>, le repetía, arengando con el tono de voz que adoptaba cuando él era un niño y tenía que regañarlo. Después de mucho tiempo, Marcel siente ganas de llorar. <<Vamos, cabrito… ¡Te digo que cantes!>>, ordena furiosa. Aterrado, lo intenta. Pero resulta pronunciando un sonido repugnante ahogado en formol. El público grita de espanto, da un salto hacia atrás, aplaude y muchos de ellos vuelven a pagar los diez centavos. << ¡Canta, cabrito!>>, dice Marieta con voz trémula. << ¡Moh!>> Su pudor languidece, está perdido.

 

Todos los sábados tenía que cantar. Al principio estuvo muy angustiado, luego llegó un momento en el que se sintió capaz de pronunciar “Gran Sultán”, o “puerto”, pero fue inútil. Lo único posible era escrutar minuciosamente cada rostro. Así comprende lo que es el miedo, la risa, el dinero... Siente repulsión de haber sido un hombre alguna vez.

 

Con el correr de los meses todo el mundo había visto al engendro, y llegaron a aburrirse de él. Acabados, madre e hijo no precisan decir nada para lamentar que alguna vez Marcel fue un hombre; corriente, pequeño, hombre al fin. No hacían más que contar los días. No precisaron más conclusiones.

 

Una noche Marcel despierta por un repentino sacudón y se sorprende al sentir el viento otra vez, luego el pasto. La madre se había dado por vencida, acabó por desechar al hijo que tanto amó. Marcel llora unos segundos en el patio, se consuela al comprobar que sus cálculos fueron correctos; a su antiguo compañero del puesto, los gusanos le comieron los ojos y su carne está poniéndose color verde; << ¿Quién habrá sido capaz de cometer tal atropello?>>, se pregunta.

 

Amanece con la frustración de no haber muerto. Abre la boca para maldecir, sorpresivamente el forcejeo de los labios lo hace rodar y una extraña esperanza cobra fuerzas en él. <<¡ Meh, meh!>>, celebra. Más se aleja, más sonríe, fantasea un porvenir antes insospechado. Fue uno con el hedor y la muerte, siempre conservando el par de ojos.

Ahora deambula por la calle mientras grita, espiralado, su balada, que atrae y luego asquea a quien la escucha. 


domingo, 18 de julio de 2021

La Farola

A escasos metros, ella, devaneo. Una lucecita reptaba por sus ojos para encandilarme, por eso trato de ignorar la cara, nunca es bueno quien se hace amar. Ahora no tiene más que los músculos vitales. La cadencia enredada entre alongadas piernas, las contracciones, cada suspensión del andar. Con velocidad desprolija una línea recta se hace con su efigie en pocos segundos. Hasta entonces, el sol me había sido inane, pero me clava su uña en la mirada para que la deje ir. Así que preferí voltear; además era muy tarde, no había dormido en la víspera, como cada noche propia de la ansiedad. El aire fresco me pone sobrio y puedo pensar mejor. Atribulado, decido que lo más sensato era refugiarme al pie de un árbol. Camino hasta una calle angosta, con adoquines, en la que habían plantado robles y tilos. Tirado sobre un calchón de hojas, entornados los ojos, ensueño. Por un instante olvidaré que soy mortal para concentrarme en lo enfermo que estoy. Tan sólo cuento con la radical fuerza de mi oscuridad, quien fue pariendo estos temblores.

Algo de ardor en mi sangre herrumbra percepciones. Fluir. Muerde su propia lengua para erizarse la piel. Lo único que recuerdo son sus pasos, la conjetura de no volverla a ver. Un muro entre los dos, inquebrantable. Pido que murmure, lo hace. Reconstruyo fragmentos de su desnudez mediante el inconcluso de la voz. Con una de mis garras intento cruzar al cuarto imposible. Rechazado, una patada eléctrica. Me llega el reflejo de mi cuerpo enroscándose. Ovalo compacto. Los huesos ejercen presión, cortan la piel, sangro líneas. Un pez globo. <<Lo mío es otra cosa… un amor incontrolable, tal vez, fiebre o rencor ¡Cuánta vileza!>>

Bastaría con rodar hasta que nadie pudiera encontrarme. Una especie de fuga. La rabia denostando el mito del canino muerto. Penetro la piel tan blanca hasta fundirme con su luz.

 



martes, 15 de junio de 2021

La Cucaracha

Trataba de encontrar alguna escama sobre su piel cobriza y explicarme el porqué de este encanto. Su belleza resulta ser un anhelo imposible, semilla de las más atrevidas hazañas que brotan en mi carne, tan temerosa como ruin. Así que miro con disimulo cómo pone los codos sobre el mostrador y se toma un poco la frente. Sus ojos me gustan casi tanto como el mechón de pelo negro que le cae a un costado del rostro. Si fuera una película, bastaría con decir una frase cualquiera y tendría sentido. En cambio, estoy a unos tres metros, lo que pudiera decirle acabaría por espantarla. Creo que algo sospecha, porque voltea el rostro cada vez que cruzamos las miradas. Pero no puedo culparla; personas como ella no entienden a los tipos como yo. Por ahora me conformo con pensar en que algún día, cuando traiga la botella de vino, vea mi firma bajo un poema y se le rompa la cabeza imaginando qué cosas pasan por mi mente.

 

Los viernes la va a buscar su novio; un narigón horrible que se viste completamente con jogging. Tiene las piernas chuecas, no obstante, camina levantando la nariz con aires de reno campeón. Entra saludando a todos como quien está entre buenos amigos mientras les enseña una dentadura estupenda. Mis dientes no van a durar tanto, de hecho, me faltan dos muelas y se nota cuando río. Lo mejor es escribir boludeces que cuentan lo mucho que me gustan las fresas y el rouge. Tengo que hacer esa cagada, meterla en un sobre y hacérsela llegar de forma anónima. Ella va a descubrirme, soy el único que viene a escribir, no creo que conozca a otro más que se dedique a esto. El novio será intimidado por mis versos; incluso pondré un sinónimo enroscado entre las primeras líneas, y reiré al imaginarlo mientras se debate entre buscar el diccionario o quedarse con su orgullo. A la mujer le gustan más estas cosas, entiende mejor. El hombre incapaz de un sólo verso no me gusta para nada.

 

El lunes vuelvo a mi mesa del bar, que está siempre libre porque la luz no logra caer sobre su lomo. Mi amada sabe lo que voy a pedir, pero pregunta y anota para hacerse notar. Al rato viene el dueño con la botella y un vaso. Sonríe y camina mirando hacia un lado para no perderse las bromas de otro viejo, que está en la barra y habla como estúpido, y sus palabras hacen reír a los presentes. Mi paloma también se ríe, la verguenza ajena me carcome… Esa tarde no escribo una puta línea y me dedico a repasar un cuaderno con poesías viejas. Todas me aburren, no las entiendo y tienen rimas infantiles. Podría hacerlas más simples o más abstractas para venderlas, pero no tengo el talento requerido. Miro hacia la barra, de a poco me acostumbro a que ella puede darme náuseas, aunque sea hermosa. No siempre gusta todo lo que es. La tengo, sin embargo, en mis líneas; aunque resulta incomprensible, algo aburrido y voraz. No importa, me hace falta. Me gustaría más que la piba se suba a la mesa y cante, verla despojada de cualquier signo de cordura, no tanto, claro. Sin embargo, veo el canto como la renuncia a aquel empleo de mierda y el comienzo de una nueva vida juntos. Para ese día espero encontrarme navegando sin Norte, hasta el orto de vino.

 

…ese día no fui al bar y traté de disuadir cualquier recuerdo de la joven. Bastó usar la mano como un abanico para alejar el perfume del café que no hacía más que llevarme al bar. Tal vez, y sólo gracias a mi incapacidad para recordar los sueños, hubiera sido mejor no despertar esa mañana, o tener la cómica suerte de amanecer con gripe y así quedarme entre frazadas y almohadones que abrigaran mi dolor.

Me sorprendió mientras me cautivaba con el ir y venir de una cucaracha. Pienso que estuvo frente a mí durante varios segundos antes de chistarme. Lucía muy linda cuando me sonrió por primera vez y dijo:

-          Una semillita de amor…

-          ¿Qué?

-          Si le ponés una de esas en el vaso a alguien, cuando lo tome le van a crecer lazos de amor… Le crecen, y esa persona se enamora de vos. Mis papás se conocieron así…

-          Una cucaracha…

-          Claro.

Era perfecta… la cría de una bruja sin escrúpulos y un condenado a muerte. Nació para que mis manos la cubran, para presenciar la caída del narigón y, por qué no, de su tirano jefe ¿En qué momento puede leer la piba? ¿Tendrá el mismo pulso con el que se dibujaba las zapatillas cuando no podía comprar unas nuevas? Se pasaba la vida sirviéndome vino y un plato de arroz cada tanto. Le hacía café al cobarde de la panadería, y el viejo le daba una moneda más por el servicio. Me animaría a decir que esta hermosura de mujer ni loca le sirve café a su padre, o que ha discutido muchas veces con la madre porque es una desordenada “y en el trabajo pone cara de buena para caer simpática”.

Si los padres son idiotas, mejor. Tenía que invitarla a su propio ritual, hacerla tomar un trago con nuestra semilla de cortejo. Teníamos años de locura por delante, después podría caer el mundo sin que importara. Me propuso un juego al que no declinaría en absoluto; por primera vez iba a aceptar lo que me tocaba sin otra excusa que mi negro nubarrón ¿Sería capaz de hablarle?

 

 

Era un día viernes, entre las seis y las siete de la tarde. Llovía a lo loco, y mi traje empapado me hizo temblar. Ella me miró y al acto corrió la cara. No dejaba de tenerme un poco de miedo. Tuvo la osadía de hacerme gestos para que le confirmara la botella de siempre. <<Vení acá…>>, fingí no entender las señas.

 

-          Buenas tardes…

-          ¿Cómo estás?

 

Sonríe. No entiende mi tono, aunque suelo ser impreciso al hablar, pero no puedo dejar que se vaya y quedarme con la propuesta en la boca. Repito la pregunta y me responde que si.

 

-          Me alegro… ¡Qué bien!

-          ¿Qué va a pedir?

-          Una botella de ron y dos vasos…

-          Ya lo traigo…

 

No comprendí si me ignoraba o qué... Pronto la veo venir; tiene la botella y un vasito de mierda.

 

-          ¿El tuyo? – le pregunté.

-          ¿Qué?

-          Tu vaso…

 

La voz del jefe nos sacó de cuadro y no tuve otra que tomarme el ron. Es una bebida que me da asco. Al culo de la botella no le pude ganar, y al rato estaba totalmente eufórico, gritando todo tipo de insultos desde la silla, lo que me tuvo en el centro de la atención unos minutos y al fin acabó por hacer que me sacara un comensal grandote. Terminé en la vereda de enfrente, mojado de pies a cabeza y dando tumbos contra las persianas. Lleno de miedo por que llegara algún policía a cagarme a trompadas, llegué hasta la esquina y traté de parar un colectivo que me dejara más cerca de casa. Ninguno paró, deberían haberse detenido a pesar de la lluvia, pero en esa esquina parecían acelerar todavía más.

 

La cama me cobijó con cariño, apretándome igual que una perra a sus crías. El amor, al fin de cuentas, lo hace uno mismo. A veces pienso que buscamos cuerpos similares a nosotros, a cómo quisiéramos lucir. Por eso me avergüenzo de las incompetencias de otros tanto como si me fueran mis propias… y me enamoro sin filtros de una joven irrespetuosa, una criatura de lo más cruel. Será que no logro perder mi gusto por la maldad ¡Ay de mí! Niña; ¿cuánto para que aprietes tu boca con la mía, apuntes un arma y me hagas mierda la cabeza? Ultrajame con amor, no te apures; los muertos nos reímos de todo. Después andate para que nadie más lo sepa. Hacelo con cuidado, quiero convertirte en una criminal de corazón metálico.

Mañana voy a dejar la cucaracha, como la que me pusiste en secreto ¿O pensás que te amo por amar? De a poco voy a morir, que tu mano me de muerte será un halago.



miércoles, 18 de noviembre de 2020

Diamante

 




Cuando saltabas, bajo una lluvia
parecida al pelo negro que presumes
y celebro,
te miraba como un niño mira al caramelo.

Desesperado por llevarte un beso que te arrancara del pecho un grito, enloquecido por grabarme
tu locura en cada estado de mi piel.
Y transpirarte, a vos, diamante deseo.

Llegamos empapados,
falsa luna de miel nos inventamos
una noche cualquiera
¿Podría haber sido dios el culpable de nuestra huida?

El vino y la risa, la culpa
que cosquilleaba en cada estómago.
Bien por los fugitivos que no temen al juicio.

Unos labios que me diste, un secreto que aún tengo
y el definitivo “nunca más”
que lloraste al partir.

Pero ahora es de noche,
aun será de noche unas cuantas horas más.
Si los ardores se multiplican en la cama,
no hay razón para que salga febo
a destrozar lo que hemos hecho.
Te quiero…

¿Hubieras clavado en mí tu daga,
si fuera mi último deseo?
¡No podría asesinarte,
aunque tu muerte me salvara!
Ye vendrán verdugos,
¡Qué importancia tendrán!

Vamos a amarnos, a perpetuar las caricias      anticipar que somos libres.

El casamiento se desmiente
con la muerte de dios; la culpa
revienta cuando dios explota,
cuando muere su carne ficticia.

Nadie podrá hablar más allá del sonido insípido de las voces, que se retorcerán en el olvido.
La misma tumba, una fosa común
para el pecado y la mentira.

Aun es tarde en la noche, mañana no llega.
Si cierro los ojos, e imagino que caes,
sabré que nunca podré perderte

¿Habrá que morir para contemplar lo que es cierto? ¡Mentira!
Las muertes enaltecidas por el señor,
también serán desmentidas.
Y así, sólo así, habrá un amor
que no precise de la apariencia.

Nacerá lo sublime, porque el término aun afirma que aguarda un cuerpo.

Mientras tanto, querida,
aprovechemos las estrellas;
que entre ellas se cuidan,
del mordisco nauseabundo del sol.

El sol durmiente

Por Federico Ambesi 

Hambres de trabajo, sueños que trepan y caen y vuelven a trepar. Una misión a la que nadie nos llama, pero creemos que es el deber. Acudimos. Como una especie de limbo, una siesta a medio dormir, con las máquinas trabajando a las tres de la tarde. Y el sol que pega fuerte en la ventana. Se mete a morir con uno.
Fiebre.

No tuve la intención de perderme ni colgarme en esa rama. No quería verla retorciéndose en el suelo. A mi amada, tan colmada de olvidos. Tuve suerte de quererte a vos también.

La medrosa noche, impávida ante el eco,
invadió cada espina, me dio con todo. No lo pude advertir. La cosa de mierda fue sorprendente. Se pegó a mi cara como un chicle. Sucio, añejado en el cemento, reactivado por el sol.
El taco que la piba clava,
lo abandona en mi cara
dos horas después.
Fue lo mismo, todo el tiempo me ganó.
y abandonamos al cuerpo,
el encierro,
el apareamiento social. mo culean los perros” había dejado de importarnos. Por entonces no figurábamos en todos lados. Se trataba de comerciales y un disgusto, algo de eso. Entonces el momento pasaba, la noche acabaría igual. Un rato entre las almohadas, era todo. Mecánico, moral… Por cada uno, me tocaba fumar.

Pensando en consumirme como el papel, no como la punta del filtro quemada y renegrida, que destaca horriblemente del minúsculo monumento al humo. Caen en los tachos y por el suelo, cada tanto se los encuentra detrás de algún mueble, entre las plantas. Los guardamos por si acaso. Nunca revolví la basura por hambre.

Amanece y me encuentro muy molesto. Parecía haber dormido entre escombros meados por gatos. Pero no, estaba en la cama. A un lado tenía el arma, al otro una mujer. La miré mientras dormía, pensé en cuánto la amaba. Derramé alguna lágrima y traté de conciliar el sueño. Pero el sol calentaba el vidrio, el vidrio pega fuerte, despierta. Sólo un bebé, un gato, duerme así. Pero yo me opongo, necesito el otoño, el día de tormenta, aunque me pongan de mal humor. La clave está en alargar la noche, o al menos sus más leves sensaciones. Con eso basta para conservar la calma. Adormecido, uno piensa mejor. Puede parecerse a un gato y dormir como duerme un niño, para entonces meditar y tener algo que decir un domingo o cuando se viera con las amistades. Tampoco me interesa demasiado el destino. Quisiera quedarme aquí, como en un sueño, y reposar, desfragmentarme (casi) por completo. Me interesa, particularmente, conservar el ojo izquierdo; es con el que más te voy a extrañar.
Como una perla,
de un viejo collar,
de sospechas de plástico.
Vemos morir todos los placeres antes de haberlos concebido.

Agua

 Habitáculo perfecto,

como entrañas de un molusco
que se adornan con tu bello y
deslizo
una lengua rosada,
bífida
cargada
anunciada a llevarte,
predispuesta a entregarse
y morir en tus mares,
de rojo,
oro y sal
Adoptaré a las sirenas
que de tus piernas crezcan
que me agotan, me astillan
una mandíbula herida

Por amor,
este sorbo de vida