domingo, 18 de julio de 2021

La Farola

A escasos metros, ella, devaneo. Una lucecita reptaba por sus ojos para encandilarme, por eso trato de ignorar la cara, nunca es bueno quien se hace amar. Ahora no tiene más que los músculos vitales. La cadencia enredada entre alongadas piernas, las contracciones, cada suspensión del andar. Con velocidad desprolija una línea recta se hace con su efigie en pocos segundos. Hasta entonces, el sol me había sido inane, pero me clava su uña en la mirada para que la deje ir. Así que preferí voltear; además era muy tarde, no había dormido en la víspera, como cada noche propia de la ansiedad. El aire fresco me pone sobrio y puedo pensar mejor. Atribulado, decido que lo más sensato era refugiarme al pie de un árbol. Camino hasta una calle angosta, con adoquines, en la que habían plantado robles y tilos. Tirado sobre un calchón de hojas, entornados los ojos, ensueño. Por un instante olvidaré que soy mortal para concentrarme en lo enfermo que estoy. Tan sólo cuento con la radical fuerza de mi oscuridad, quien fue pariendo estos temblores.

Algo de ardor en mi sangre herrumbra percepciones. Fluir. Muerde su propia lengua para erizarse la piel. Lo único que recuerdo son sus pasos, la conjetura de no volverla a ver. Un muro entre los dos, inquebrantable. Pido que murmure, lo hace. Reconstruyo fragmentos de su desnudez mediante el inconcluso de la voz. Con una de mis garras intento cruzar al cuarto imposible. Rechazado, una patada eléctrica. Me llega el reflejo de mi cuerpo enroscándose. Ovalo compacto. Los huesos ejercen presión, cortan la piel, sangro líneas. Un pez globo. <<Lo mío es otra cosa… un amor incontrolable, tal vez, fiebre o rencor ¡Cuánta vileza!>>

Bastaría con rodar hasta que nadie pudiera encontrarme. Una especie de fuga. La rabia denostando el mito del canino muerto. Penetro la piel tan blanca hasta fundirme con su luz.

 



martes, 15 de junio de 2021

La Cucaracha

Trataba de encontrar alguna escama sobre su piel cobriza y explicarme el porqué de este encanto. Su belleza resulta ser un anhelo imposible, semilla de las más atrevidas hazañas que brotan en mi carne, tan temerosa como ruin. Así que miro con disimulo cómo pone los codos sobre el mostrador y se toma un poco la frente. Sus ojos me gustan casi tanto como el mechón de pelo negro que le cae a un costado del rostro. Si fuera una película, bastaría con decir una frase cualquiera y tendría sentido. En cambio, estoy a unos tres metros, lo que pudiera decirle acabaría por espantarla. Creo que algo sospecha, porque voltea el rostro cada vez que cruzamos las miradas. Pero no puedo culparla; personas como ella no entienden a los tipos como yo. Por ahora me conformo con pensar en que algún día, cuando traiga la botella de vino, vea mi firma bajo un poema y se le rompa la cabeza imaginando qué cosas pasan por mi mente.

 

Los viernes la va a buscar su novio; un narigón horrible que se viste completamente con jogging. Tiene las piernas chuecas, no obstante, camina levantando la nariz con aires de reno campeón. Entra saludando a todos como quien está entre buenos amigos mientras les enseña una dentadura estupenda. Mis dientes no van a durar tanto, de hecho, me faltan dos muelas y se nota cuando río. Lo mejor es escribir boludeces que cuentan lo mucho que me gustan las fresas y el rouge. Tengo que hacer esa cagada, meterla en un sobre y hacérsela llegar de forma anónima. Ella va a descubrirme, soy el único que viene a escribir, no creo que conozca a otro más que se dedique a esto. El novio será intimidado por mis versos; incluso pondré un sinónimo enroscado entre las primeras líneas, y reiré al imaginarlo mientras se debate entre buscar el diccionario o quedarse con su orgullo. A la mujer le gustan más estas cosas, entiende mejor. El hombre incapaz de un sólo verso no me gusta para nada.

 

El lunes vuelvo a mi mesa del bar, que está siempre libre porque la luz no logra caer sobre su lomo. Mi amada sabe lo que voy a pedir, pero pregunta y anota para hacerse notar. Al rato viene el dueño con la botella y un vaso. Sonríe y camina mirando hacia un lado para no perderse las bromas de otro viejo, que está en la barra y habla como estúpido, y sus palabras hacen reír a los presentes. Mi paloma también se ríe, la verguenza ajena me carcome… Esa tarde no escribo una puta línea y me dedico a repasar un cuaderno con poesías viejas. Todas me aburren, no las entiendo y tienen rimas infantiles. Podría hacerlas más simples o más abstractas para venderlas, pero no tengo el talento requerido. Miro hacia la barra, de a poco me acostumbro a que ella puede darme náuseas, aunque sea hermosa. No siempre gusta todo lo que es. La tengo, sin embargo, en mis líneas; aunque resulta incomprensible, algo aburrido y voraz. No importa, me hace falta. Me gustaría más que la piba se suba a la mesa y cante, verla despojada de cualquier signo de cordura, no tanto, claro. Sin embargo, veo el canto como la renuncia a aquel empleo de mierda y el comienzo de una nueva vida juntos. Para ese día espero encontrarme navegando sin Norte, hasta el orto de vino.

 

…ese día no fui al bar y traté de disuadir cualquier recuerdo de la joven. Bastó usar la mano como un abanico para alejar el perfume del café que no hacía más que llevarme al bar. Tal vez, y sólo gracias a mi incapacidad para recordar los sueños, hubiera sido mejor no despertar esa mañana, o tener la cómica suerte de amanecer con gripe y así quedarme entre frazadas y almohadones que abrigaran mi dolor.

Me sorprendió mientras me cautivaba con el ir y venir de una cucaracha. Pienso que estuvo frente a mí durante varios segundos antes de chistarme. Lucía muy linda cuando me sonrió por primera vez y dijo:

-          Una semillita de amor…

-          ¿Qué?

-          Si le ponés una de esas en el vaso a alguien, cuando lo tome le van a crecer lazos de amor… Le crecen, y esa persona se enamora de vos. Mis papás se conocieron así…

-          Una cucaracha…

-          Claro.

Era perfecta… la cría de una bruja sin escrúpulos y un condenado a muerte. Nació para que mis manos la cubran, para presenciar la caída del narigón y, por qué no, de su tirano jefe ¿En qué momento puede leer la piba? ¿Tendrá el mismo pulso con el que se dibujaba las zapatillas cuando no podía comprar unas nuevas? Se pasaba la vida sirviéndome vino y un plato de arroz cada tanto. Le hacía café al cobarde de la panadería, y el viejo le daba una moneda más por el servicio. Me animaría a decir que esta hermosura de mujer ni loca le sirve café a su padre, o que ha discutido muchas veces con la madre porque es una desordenada “y en el trabajo pone cara de buena para caer simpática”.

Si los padres son idiotas, mejor. Tenía que invitarla a su propio ritual, hacerla tomar un trago con nuestra semilla de cortejo. Teníamos años de locura por delante, después podría caer el mundo sin que importara. Me propuso un juego al que no declinaría en absoluto; por primera vez iba a aceptar lo que me tocaba sin otra excusa que mi negro nubarrón ¿Sería capaz de hablarle?

 

 

Era un día viernes, entre las seis y las siete de la tarde. Llovía a lo loco, y mi traje empapado me hizo temblar. Ella me miró y al acto corrió la cara. No dejaba de tenerme un poco de miedo. Tuvo la osadía de hacerme gestos para que le confirmara la botella de siempre. <<Vení acá…>>, fingí no entender las señas.

 

-          Buenas tardes…

-          ¿Cómo estás?

 

Sonríe. No entiende mi tono, aunque suelo ser impreciso al hablar, pero no puedo dejar que se vaya y quedarme con la propuesta en la boca. Repito la pregunta y me responde que si.

 

-          Me alegro… ¡Qué bien!

-          ¿Qué va a pedir?

-          Una botella de ron y dos vasos…

-          Ya lo traigo…

 

No comprendí si me ignoraba o qué... Pronto la veo venir; tiene la botella y un vasito de mierda.

 

-          ¿El tuyo? – le pregunté.

-          ¿Qué?

-          Tu vaso…

 

La voz del jefe nos sacó de cuadro y no tuve otra que tomarme el ron. Es una bebida que me da asco. Al culo de la botella no le pude ganar, y al rato estaba totalmente eufórico, gritando todo tipo de insultos desde la silla, lo que me tuvo en el centro de la atención unos minutos y al fin acabó por hacer que me sacara un comensal grandote. Terminé en la vereda de enfrente, mojado de pies a cabeza y dando tumbos contra las persianas. Lleno de miedo por que llegara algún policía a cagarme a trompadas, llegué hasta la esquina y traté de parar un colectivo que me dejara más cerca de casa. Ninguno paró, deberían haberse detenido a pesar de la lluvia, pero en esa esquina parecían acelerar todavía más.

 

La cama me cobijó con cariño, apretándome igual que una perra a sus crías. El amor, al fin de cuentas, lo hace uno mismo. A veces pienso que buscamos cuerpos similares a nosotros, a cómo quisiéramos lucir. Por eso me avergüenzo de las incompetencias de otros tanto como si me fueran mis propias… y me enamoro sin filtros de una joven irrespetuosa, una criatura de lo más cruel. Será que no logro perder mi gusto por la maldad ¡Ay de mí! Niña; ¿cuánto para que aprietes tu boca con la mía, apuntes un arma y me hagas mierda la cabeza? Ultrajame con amor, no te apures; los muertos nos reímos de todo. Después andate para que nadie más lo sepa. Hacelo con cuidado, quiero convertirte en una criminal de corazón metálico.

Mañana voy a dejar la cucaracha, como la que me pusiste en secreto ¿O pensás que te amo por amar? De a poco voy a morir, que tu mano me de muerte será un halago.



miércoles, 18 de noviembre de 2020

Diamante

 




Cuando saltabas, bajo una lluvia
parecida al pelo negro que presumes
y celebro,
te miraba como un niño mira al caramelo.

Desesperado por llevarte un beso que te arrancara del pecho un grito, enloquecido por grabarme
tu locura en cada estado de mi piel.
Y transpirarte, a vos, diamante deseo.

Llegamos empapados,
falsa luna de miel nos inventamos
una noche cualquiera
¿Podría haber sido dios el culpable de nuestra huida?

El vino y la risa, la culpa
que cosquilleaba en cada estómago.
Bien por los fugitivos que no temen al juicio.

Unos labios que me diste, un secreto que aún tengo
y el definitivo “nunca más”
que lloraste al partir.

Pero ahora es de noche,
aun será de noche unas cuantas horas más.
Si los ardores se multiplican en la cama,
no hay razón para que salga febo
a destrozar lo que hemos hecho.
Te quiero…

¿Hubieras clavado en mí tu daga,
si fuera mi último deseo?
¡No podría asesinarte,
aunque tu muerte me salvara!
Ye vendrán verdugos,
¡Qué importancia tendrán!

Vamos a amarnos, a perpetuar las caricias      anticipar que somos libres.

El casamiento se desmiente
con la muerte de dios; la culpa
revienta cuando dios explota,
cuando muere su carne ficticia.

Nadie podrá hablar más allá del sonido insípido de las voces, que se retorcerán en el olvido.
La misma tumba, una fosa común
para el pecado y la mentira.

Aun es tarde en la noche, mañana no llega.
Si cierro los ojos, e imagino que caes,
sabré que nunca podré perderte

¿Habrá que morir para contemplar lo que es cierto? ¡Mentira!
Las muertes enaltecidas por el señor,
también serán desmentidas.
Y así, sólo así, habrá un amor
que no precise de la apariencia.

Nacerá lo sublime, porque el término aun afirma que aguarda un cuerpo.

Mientras tanto, querida,
aprovechemos las estrellas;
que entre ellas se cuidan,
del mordisco nauseabundo del sol.

El sol durmiente

Por Federico Ambesi 

Hambres de trabajo, sueños que trepan y caen y vuelven a trepar. Una misión a la que nadie nos llama, pero creemos que es el deber. Acudimos. Como una especie de limbo, una siesta a medio dormir, con las máquinas trabajando a las tres de la tarde. Y el sol que pega fuerte en la ventana. Se mete a morir con uno.
Fiebre.

No tuve la intención de perderme ni colgarme en esa rama. No quería verla retorciéndose en el suelo. A mi amada, tan colmada de olvidos. Tuve suerte de quererte a vos también.

La medrosa noche, impávida ante el eco,
invadió cada espina, me dio con todo. No lo pude advertir. La cosa de mierda fue sorprendente. Se pegó a mi cara como un chicle. Sucio, añejado en el cemento, reactivado por el sol.
El taco que la piba clava,
lo abandona en mi cara
dos horas después.
Fue lo mismo, todo el tiempo me ganó.
y abandonamos al cuerpo,
el encierro,
el apareamiento social. mo culean los perros” había dejado de importarnos. Por entonces no figurábamos en todos lados. Se trataba de comerciales y un disgusto, algo de eso. Entonces el momento pasaba, la noche acabaría igual. Un rato entre las almohadas, era todo. Mecánico, moral… Por cada uno, me tocaba fumar.

Pensando en consumirme como el papel, no como la punta del filtro quemada y renegrida, que destaca horriblemente del minúsculo monumento al humo. Caen en los tachos y por el suelo, cada tanto se los encuentra detrás de algún mueble, entre las plantas. Los guardamos por si acaso. Nunca revolví la basura por hambre.

Amanece y me encuentro muy molesto. Parecía haber dormido entre escombros meados por gatos. Pero no, estaba en la cama. A un lado tenía el arma, al otro una mujer. La miré mientras dormía, pensé en cuánto la amaba. Derramé alguna lágrima y traté de conciliar el sueño. Pero el sol calentaba el vidrio, el vidrio pega fuerte, despierta. Sólo un bebé, un gato, duerme así. Pero yo me opongo, necesito el otoño, el día de tormenta, aunque me pongan de mal humor. La clave está en alargar la noche, o al menos sus más leves sensaciones. Con eso basta para conservar la calma. Adormecido, uno piensa mejor. Puede parecerse a un gato y dormir como duerme un niño, para entonces meditar y tener algo que decir un domingo o cuando se viera con las amistades. Tampoco me interesa demasiado el destino. Quisiera quedarme aquí, como en un sueño, y reposar, desfragmentarme (casi) por completo. Me interesa, particularmente, conservar el ojo izquierdo; es con el que más te voy a extrañar.
Como una perla,
de un viejo collar,
de sospechas de plástico.
Vemos morir todos los placeres antes de haberlos concebido.

Agua

 Habitáculo perfecto,

como entrañas de un molusco
que se adornan con tu bello y
deslizo
una lengua rosada,
bífida
cargada
anunciada a llevarte,
predispuesta a entregarse
y morir en tus mares,
de rojo,
oro y sal
Adoptaré a las sirenas
que de tus piernas crezcan
que me agotan, me astillan
una mandíbula herida

Por amor,
este sorbo de vida

Pibe Cañete

 

Ahí lo tienen a Cañete, esperando el bondi que lo pueda llevar a casa. Viene con su chica, una rubia esquelética, más fea que otra cosa, portadora, sin embargo, de un par de nalgas exquisitas. Cañete, por su parte, es tan corriente que ni valdría la pena describirlo.
Suben al segundo, no les gusta viajar parados. Hay plata en el bolsillo del pibe, por eso pueden reír toda la tarde y después sentarse a comer mirando la televisión. Nada les molesta. La eyaculación precoz del macho es solo un recuerdo que parece nublarse cuando tienen plata en el bolsillo. La piba muerde el paty, clava los ojitos marrones sobre la pantalla del televisor y cada tanto dice alguna boludez. La vida simple, pasa rápido. Cañete cuenta, le quedan dos mil mangos. Suficiente para tomarse todo el lunes sin laburar ¿Habrá un nuevo transeúnte con casi seis lucas en el bolsillo cada sábado? El comprende que la mano viene dura, por eso afana cada vez más seguido, a pesar de los amentos que su madre larga previamente a cada atraco. Es un hombre, o por lo menos se siente hombre cuando afana y le sale bien. “Los únicos que caen en cana son los giles”, piensa; cree haber podido amaestrar al mundo de la ley.
La piba está embobada con un rubio que aparece cantando. Lindo pibe al que Cañete mira con bronca. “¿Será que a este gato le anda bien el bicho?” Envidia fálica, como cualquier hombre con algún bardo en su funcionamiento sexual. El hígado es menos trágico, socialmente trágico, quiero decir. se prende un pucho, al toque se baja dos vasos de coca y le dice a la piba que ya está, que tiene que dejarse de joder. Ella obedece y va a meterse a la cama, igual que un perro castigado.
Cañete se mira al espejo. No sabe lo putrefacto que está “¿Seré puto?”, pregunta al espejo. Medita.

En medio de la noche, la empieza a empujar. Ella no tiene ganas, no le gusta coger con él, mucho menos cuando la reta. Se niega, le dice que tiene sueño. Al día siguiente piensa en volver con su mamá. Hasta ahora había aguantado, porque el padre era un hijo de puta, pero esto era demasiado. Cañete insiste y la llama “puta” unas cuantas veces. Le tira plata sobre la almohada, luego prende la luz “¿Esto querés, mogólica?” El llanto, justo lo que más le enfurece al jovencito. Al último que vio llorar, le metió un tiro en la cara. Lo peor, según él, fue que lo mató por doscientos mangos.
La piba intenta cruzar la puerta. Vestirse le costó más que nunca gracias a los empujones de Cañete. De acá no te vas, forra”. Cañete cumple y le pega un tiro por la espalda. La piba cae, su madre comenzará a rezar por su alma y a pedir justicia en las calles.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Suicidio

Suicidio


Desde un costado, aunque eso está por verse. Mirada hacia el frente, la espalda de otro. Un grito cruzaba la calle, los muros, el aire. La fuerza lo hacía extenderse. Cruzó los brazos antes de caer. Todo, fuera de él, era lo mismo que un precipicio. Un paso más y acabaría con su vida o lo que fuera. Un arma, todo puede ser un arma en el momento adecuado. Los sujetos que lo marcaron habían muerto. Recordó el cajón verde. Las cartas manchadas de tiempo le dejaban un te amo pasajero, perpetuo en el silencio que lo rondaría en su lecho de muerte. La risa boba de un desconocido irrumpió el momento. Era la mosca en la rosa, la mierda en la mirada. Diferentes puntos de vista.
Cayó en el silencio del tiempo. Estrellas sobre el cielo adornaban el ridículo deseo de volver a nacer. Mientras el cuerpo comenzaba a perderse en un mar de olvido. Ya no estaba. Ahora la muerte. Los sapos tragando bichos que culean en la luz de faroles viejos. La luz había muerto también. Una ceguera inmensa se apoderaba del cuerpo y aniquilaba los recuerdos. Después de muerto, increiblemente seguía percibiendo algunas cosas. Todo le parecía poco, absurdo. Esperaba encontrarse con personajes del pasado. Nada. La risa continuaría dando vueltas alrededor del mundo, pero él ya no podría sufrirla nunca más. El amor también se había vuelto simple. Todo. Quiso alegrarse; ya no tendría miedo. Tampoco alegrías; nada.
Allí aguardaría cualquier cosa. Los brazos rosados, no eran suyos, perpetuos a los costados de un torso hinchado y apestoso. El perfume también sería lo de menos. Los ojos blancos, una mueca de horror. La carne manoseada por la policía que busca testigos. Se acerca un joven inexperto y relata cómo el tipo saltó frente al tren. Aparecen cabezas y culos curiosos. Alguien vomita. La cabeza del suicida voló como nunca antes. El cuerpo jamás había estado en un avión. Todo continuará, sin él, igual que antes. Nada cambia al parecer.